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LO QUE INSINUÓ RIVER, LO CONCRETÓ BOCA

BocaRamón Díaz de un lado, Carlos Bianchi del otro; River atacando y metiendo miedo en el comienzo, Boca siendo efectivo y llevándose todo… El Superclásico en el Monumental tuvo un aire a esos duelos de la década del noventa en los que el Millonario proponía y el Xeneize facturaba. Y la historia se repitió, ya que la visita, con gol de Emmanuel Gigliotti, se llevó la victoria y terminó festejando a lo grande, a pesar de no haber podido contar con el aliento de sus hinchas.

Es verdad que River mostró una mejor imagen en el primer tiempo y que en el segundo tuvo claras chances de empatarlo, pero nunca estuvo cómodo en el partido, como sí Boca, que gozó de la paciencia necesaria como para esperar el momento indicado y lastimar en una de las pocas ocasiones que dispuso frente a Marcelo Barovero.

River intentó enamorar a sus hinchas con un toqueteo interesante en tres cuartos de cancha, y por momentos pudo haber quebrado la resistencia de su rival, como en un remate de Gabriel Mercado en el que Agustín Orion dio rebote y tuvo que esforzarse para detener el inmediato intento de Manuel Lanzini.

Como si no le faltara peso arriba, paulatinamente Teo Gutiérrez iba abandonando el área para convertirse en el único armador de juego de su equipo, algo que no le gusta demasiado a Ramón Díaz, quien en la conferencia de prensa volvió a insistir en que lo trajo para que sea el nueve de River. El local asustaba pero no concretaba; la visita esperaba y pensaba ese golpe letal que iba a llegar a los 22 minutos, cuando Riquelme, parado, abrió para Juan Manuel Martínez y éste sirvió para Emmanuel Gigliotti. Acto seguido, el Puma se le anticipó a Jonatan Maidana y venció a Marcelo Barovero con un remate sutil, efectivo y desmoralizante, ya que todo lo que había insinuado River lo terminó concretando Boca.

En el complemento, el equipo de Carlos Bianchi perdió por lesión a Riquelme, Gigliotti y Gago, pero ni así se dejó amedrentar por un River que ahora lucía apurado y desesperado en busca de la igualdad. A pesar de sus sucesivos avances, la claridad del equipo de Ramón Díaz nunca llegó, aunque sí tuvo un par de chances que pudieron haber cambiado el resultado, como un remate en el palo de Leonardo Ponzio y un cabezazo de Rodrigo Mora que besó el segundo parante del arco defendido por Orión.

El Monumental, que sólo pudo contar con simpatizantes millonarios, se iba silenciando a medida que se acercaba el pitazo final de Germán Delfino. Luego de cinco minutos de adición, ese final llegó, y Boca, como en aquellos triunfos de la década del noventa, volvió a sonreír en la cancha del eterno adversario.

Las lesiones volvieron a hacerse presente en un conjunto xeneize que ahora, más que nunca, va a la caza de Newell’s, pero no hay dolor físico que pueda opacar tanta alegría luego de semejante conquista.

Con hinchas o sin hinchas, de local o de visitante, jugando bien, mal o más o menos, la historia se volvió a repetir y Boca demostró una vez más que sabe cómo ganarle a su clásico rival.

(Salió publicada el lunes 7 de octubre, en la página 3 del Diario La U)

ES SÓLO UN DESCENSO

Cuando pasen unos días y puedas pensar fríamente todo, te vas a dar cuenta que el descenso no es ninguna tragedia. A saber, un descenso te hará evaluar todo lo que se hizo mal, te hará conocer a cada uno de los que hicieron las cosas mal y te hará exigirles que cambien para mejor o que, si no lo van a hacer, que le dejen el lugar a los que realmente tengan compromiso; un descenso te hará festejar más los logros de tu equipo que las derrotas de tus rivales; un descenso te servirá para que te des cuenta que la vida sigue, aunque te parezca que ya nada tiene sentido. Un descenso te hará caer en la cuenta de que tu equipo sigue siendo grande aunque haya tocado fondo; un descenso hará que ya no prefieras una victoria o un campeonato a cualquier precio, vas a querer que los resultados sean más legítimos que nunca, porque no querrás que el honor de tu club se siga manchando; un descenso te hará valorar más el juego en vez de todo lo que se dice en la semana cuando la pelota no está en juego; un descenso te hará desdramatizar el fútbol y que ya no compres todo eso de partidos “dramáticos” o de “vida o muerte”.  Por eso, cuando alguien te cante “vos sos de la B”, miralo, sonreí y seguí caminando. Si te gusta el fútbol y amás a tus colores, lo único que vas a querer es que llegue el fin de semana para volver a ver a tu equipo.

BOCA, RIVER Y EL PESIMISMO GARANTIZADO

Por esas cosas que pasan por la cabeza de los dirigentes del fútbol argentino, y que por supuesto son difíciles de comprender, el campeonato ha dejado de dividirse en Apertura y Clausura para ahora ser Inicial y Final. Entre los cambios más o menos pensados y analizados con tiempo y los que se hicieron faltando unas 72 horas para que comenzara la primera fecha, quedó en limpio que ya no habrá promociones y que habrá tres descensos directos y misma cantidad de ascensos de equipos de la B Nacional, que al cierre de esta edición todavía no había sido rebautizada.

La temporada 2012-2013 que acaba de comenzar iba a consagrar a un campeón por año, que debía surgir de una final entre el ganador del Inicial y del ganador del Final. Pero hubo marcha atrás y ahora los ganadores de cada semestre serán consagrados campeones y habrá un partido de postre que coronará a un “Súper campeón”.

Todo muy lindo, pero lo que no pudieron cambiar desde el escritorio fue el paupérrimo nivel de nuestro fútbol. El nuevo campeonato, llámese como se llame, mostró en su primera fecha que los ojos seguirán ardiendo como antes y que, en consecuencia, el partido será más entretenido en Twitter que en el mismísimo campo de juego.

Solo basta con fijarse cómo les fue a los dos más grandes de la Argentina, que dejaron una preocupación importante para quienes trabajan en la industria turística. Luego de un año sin el clásico, el reencuentro de estos dos equipos en Primera División (28 de octubre) será invendible a toda esa oleada de extranjeros que mueren por visitar la Bombonera o el Monumental para comprobar qué sienten los argentinos cuando se juega un Boca-River.

El Xeneize, que casi tuvo que jugar el partido con Quilmes vía Skype, por su demorado regreso de una gira recaudatoria por Colombia y Venezuela, tuvo su profecía auto cumplida: se convenció de que sin Riquelme no jugaría a nada y le salió a la perfección.

Lo de River no sorprendió en lo absoluto: ¿alguien pensaba que el Millonario, volviendo a Primera División jugando con Belgrano de Córdoba y teniendo un penal a favor a cinco minutos del final podía llegar a no perder?

Volviendo a la seriedad que suele proponer este blog, es menester tomar conciencia de que si los dos faros futbolísticos de esta parte de Sudamérica arrancaron así, lo que nos espera es poco alentador. Sólo una epidemia de Brasil del 70 o de Naranja Mecánica podría dar marcha atrás a esta tendencia al pesimismo en que hemos caído en esta parte del mundo.

@APanfil

LA REAL DIMENSIÓN DEL FÚTBOL

Siendo 9 de junio, faltan 17 días para que se cumpla un año del descenso de River Plate a la B Nacional, lo que en la Argentina fue algo muy cercano a la tragedia. Si, se trataba del “famoso River Plate” que canta la tribuna, que tanto fútbol desplegó a lo largo de su rica historia y que, como consecuencia de ello, obtuvo una gran cantidad de títulos.

El recuerdo del descenso no es caprichoso, ya que la parcialidad Millonaria, la pensante y la no pensante, no se tomó como algo meramente deportivo la pérdida de la categoría. Para muchos hinchas de La Banda, el descenso fue perderlo todo, fue sentir que no había humillación más grande y que no habría nada que pudiera curar tanto dolor. Claro, el lunes 27 de junio había que encarar el lugar de estudio, el trabajo o simplemente la calle, y aguantarse la que venga, es decir, que los hinchas de los otros equipos, especialmente los de Boca, se hicieran una panzada de cargadas y gozaran a más no poder con la “desgracia” de su clásico rival.

Que se haya vivido como una tragedia el descenso de River fue un ejemplo más de que en la Argentina no se le da al fútbol una dimensión real. Es siempre exagerada y, por eso, ocurre lo que ocurre. Luego de poner el Monumental patas para arriba y provocar los desmanes que, a priori, se sabía que iban a ocurrir, no muchos cayeron en la cuenta de que no se trataba de una tragedia. Una vez más, la masa compró los grandes titulares y cayó en la trampa psicológica y en el oportunismo de las cámaras de televisión.

Hoy, a casi un año del “trágico” descenso de River, caminaba por la Avenida Santa Fe y, al pasar por un kiosco, vi una tapa de revista que me hizo soltar una expresión instantánea. “¡Qué payaso!”, fue lo primero que me salió mientras apuraba el paso, para olvidármela rápidamente, pero no pude.

No pude olvidarme de esa portada porque empecé a pensar en lo mucho que le cuesta al hincha argentino desdramatizar el fútbol, teniendo sobradas pruebas de que, detrás de su pasión, hay un negocio asqueroso que sigue su curso y que los jugadores no son propios ni ajenos, son tipos que, cuando llegan a primera división, tienen un trabajo divertido que les permite ganar mucho dinero.

Es solamente fútbol y es, básicamente, una industria. La obligación no es que el equipo gane, es ultra necesario desayunarse de que la camiseta, con los colores que amamos desde chicos, se ha transformado en un cartel publicitario y que esos individuos que llegan un poco más tarde al estadio, para que se note su presencia estelar, son delincuentes que interactúan con delincuentes. No les cabe otro rótulo.

El de la tapa es Maxi López, que está de vacaciones con su mujer en algún lugar con dunas y camellos luego de un semestre en el que si jugó cinco minutos en el Milan es mucho. López, a quién llamé “payaso” instantáneamente, aunque no tenga él la culpa de que el fútbol sea hoy lo que es, fue una de las tantas ventas de River bajo la presidencia nefasta de José María Aguilar. El rubio que tuvo su día consagratorio en un clásico ante Boca sin hacer un gol-fue 1 a 0 con gol de Fernando Cavenaghi, de cabeza-fue vendido al Barcelona por una cifra cercana a los 7 millones de euros. Obviamente, ningún hincha se quedó con un mínimo porcentaje de esa transferencia. Sólo Aguilar, Israel y el tesorero de esa gestión saben a dónde fue a parar lo que pagó el club catalán y los otros casi 100 millones de dólares por las ventas de Mascherano, Demichelis, D’Alessandro, Aimar, Carrizo, Saviola y el nombrado Cavenaghi.

La historia posterior es conocida: Maxi casi ni jugó en el Barcelona, se perdió en el FC Moscú, de Rusia, y fue rescatado por el Gremio de Porto Alegre, donde hizo un puñado de goles y se hizo lo suficientemente importante como para volver a Europa, al Catania, club en el que jugaban diez argentinos y un uruguayo. Que esto no parezca un palo para Maxi, ya que su trabajo lo hace bien: sus 11 goles en 17 partidos ayudaron al equipo del sur a salvarse del descenso.

Los argentinos tienen dos formas muy diferentes de ver el fútbol y no hace falta ser un genio para darse cuenta de que Maxi lo ve de una manera y el hincha de otra. A Maxi, que seguramente se habrá besado el escudo de River en alguna que otra oportunidad, no se le ocurriría jamás destruir e incendiar las butacas del Monumental por un mal resultado, pero al hincha sí, de hecho lo hizo.

Ya, en la calle y en la tribuna, hay nervios por la gran incertidumbre acerca de si River, humillado como nunca desde hace un año a esta parte, volverá o no a primera división. El vox populi habla de “obligación”.

El bueno de Maxi López no fue fotografiado de forma casual por un mochilero que andaba dando vueltas por el desierto. La payasesca sesión de fotos fue programada, y bien cobrada, con antelación.

Mientras tanto, hay hinchas preguntándose si los jugadores sienten o no la camiseta.

@APanfil

PARA EL FUTBOL, EL 2011 NO FUE UN AÑO MÁS

 

El fútbol no se detiene nunca y, a pesar de ser un deporte, está cada vez más consolidado como uno de los principales fabricantes de hechos históricos. Año a año aparecen grandes jugadores, goles espectaculares, récords y, por qué no, equipos que llegan a captar la atención global. Aquí, en Un Poco de Fútbol,  apelaremos a la síntesis para referiremos al año que se va.

Seguramente el 2011 será uno de esos años difíciles de olvidar si de fútbol se habla. Fue el año en que se jugaron ¡siete! Real Madrid-Barcelona, y todos oficiales, en los que el equipo Culé salió ampliamente ganador, resignando solamente la Copa del Rey, un título menor en comparación con las Ligas BBVA, Champions League y Mundiales de Clubes que viene obteniendo en serie, aunque a José Mourinho le siga pareciendo que lo suyo es lo más importante…

El Barca, guiado por un Lionel Messi que sorprende día a día y por una filosofía de fútbol que no se compra en el supermercado, se consolidó como el mejor equipo del mundo en la actualidad y ya es casi unánime la idea de que estamos en presencia del mejor equipo de todos los tiempos. Allá por mediados de 2008, época en que asumió su cargo Pep Guardiola, pocos imaginaban que, gracias a su sapiencia y a su gran capacidad de conducción, el conjunto catalán iba a hacer historia grande, mostrando un fútbol total, a la altura de otros equipos asombrosos como el Brasil del 70 o la Holanda del 74.

 

 

Fue también el año en que Santos y Peñarol reeditaron un viejo clásico de la Copa Libertadores luego de 49 años. Otra vez volvieron a consagrarse los Peixes como los mejores de América pero para los Carboneros fue muy importante el hecho de haber vuelto a las primeras planas del fútbol continental. Todos los neutrales que vimos avanzar a etapas decisivas a estos dos equipos sentimos que hubiera sido una broma del destino y del fútbol que no se volvieran a encontrar en una final después de casi cinco décadas. El fútbol lo permitió.

De la mano de un Neymar que todavía no maduró como el jugador que se pretende en todo Brasil, los paulistas lograron posicionarse como los mejores del continente. Al llegar a Japón, todo fue diferente: las debilidades del Santos  quedaron muy expuestas enfrentando a las enormes virtudes del Barcelona. La final del Mundial de Clubes terminó con un 4 a 0 indiscutible, dejando sin validez el duelo propuesto entre Neymar y Lionel Messi, candidato al tercer Balón de Oro consecutivo.

A propósito de torneos continentales, la Copa América sirvió para confirmar la vuelta de Uruguay al lugar que supo ocupar tiempo atrás y demostrar que su cuarto puesto en Sudáfrica 2010 (y el cuarto en el actual ranking de FIFA) no fue por casualidad. Oscar Tabárez armó un equipo batallador, como la historia manda, pero que también puede jugar bien y dar espectáculo. Todo esto coronado con una delantera envidiable, conformada por tres animales del gol como Diego Forlán, Luís Suárez y Edinson Cavani. Como una copia exacta de la edición 1987, la Copa América se fue para Uruguay.

 

 

En Argentina hubo un equipo que peleó hasta el final casi todos los torneos que disputó y que, sin embargo, se quedó con uno solo. Vélez Sársfield fue campeón del Torneo Clausura y no hubiera estado mal que se consagrara en otros dos, como la Copa Libertadores y la Sudamericana. No se le dio, pero lo seguirá intentando hasta que lo logre, porque es uno de los pocos equipos que no entran en la histeria general y que se animan a pensar en el futuro.

2011 también será recordado por los grandes de la Argentina. Sin dudas que la parcialidad Xeneize es la que se llevó la mejor parte, viendo como River perdía la categoría y ellos se consagraban campeones en el semestre siguiente.

 

 

El descenso de los de Núñez fue una catástrofe deportiva que desnudó la miseria, la soberbia y los desbarajustes varios que ya venían arrastrando durante toda una década. El torneo conseguido por Boca también fue histórico, ya que por segunda vez lo obtuvo en forma invicta, con record de valla menos vencida y ventaja de 12 puntos sobre su inmediato perseguidor. Julio Cesar Falcioni, de la indiferencia del primer semestre, pasó al respeto y a la casi idolatría en el segundo.

Matías Almeyda, ídolo de River, colgó los botines luego del descenso y se convirtió en entrenador; Martín Palermo, ídolo Xeneize, se cansó de hacer goles, se amigó con el retiro y quiere arrancar cuanto antes su carrera como DT.

Se va el 2011, un año futbolístico que será muy difícil olvidar.

@APanfil

SIMEONE: EL “VALIENTE” Y EL “CAGON”

 

Con el mismo facilismo con el que decimos “Cholo, sos cagón”, también en su momento nos precipitamos-como acostumbramos los argentinos-en catalogarlo como un entrenador moderno, ganador y que iba para adelante con el cuchillo entre los dientes, como en su época de jugador.

Nos apuramos en señalarlo entre la camada de entrenadores jóvenes que traía aire fresco al fútbol argentino y ni siquiera le dimos la chance de hacerse de abajo e ir paso a paso, como decía Mostaza Merlo. Arrancó muy arriba, con la gloria de un titulo, previo corto paso por Racing.

Ese Simeone que ganó un titulo desde atrás con Estudiantes, que bien pudo haber sido asegurado mucho antes por el Boca de La Volpe, lo hizo ser tan importante como los Ramón Díaz, los Bianchi, los Basile. Tuvo la suerte de no ser clasificado como Menottista o Bilardista y la explicación de todo esto es que su estilo no estaba definido. Es más, aun sigue sin definirse.

No sabemos si Simeone es el que te gana un campeonato con River luego de cuatro años o si es el que te lo deja último por primera vez en su historia. No sabemos si Simeone es el que, manteniendo a un Racing invicto, está pensando en el campeonato, la clasificación a las copas o la tabla de los promedios. En su rush como entrenador ya sabe de pelear campeonatos y de salvar equipos del descenso, como ocurrió en su corta carrera en el Catania italiano.

Hoy, cuando la tribuna y gran parte de la opinión pública futbolera del país lo tildan de “cagón”, porque nos gusta y necesitamos ponerle título a todo, debemos recordar lo mucho que se le elogió el ir al frente en sus comienzos.

¿No será que la locura del fútbol argentino es la que convierte en “cagones” a sus entrenadores? El hecho es que, en tan solo cinco años de carrera, Simeone ya fue valiente y cagón. Y, para poner esos adjetivos, como siempre, nos basamos en los resultados.

Y sí, desde la tribuna tenemos permitido decir cualquier cosa…

@APanfil

SE BUSCA FAMOSO EQUIPO DEL SIGLO 20

 
Sencillamente esto no es una transición. Lo último que quedaba de River, del histórico y famoso River Plate era Ortega. Y lo fueron, por sus “problemas personales” que el club los tituló de esa manera porque no se quiso hacer cargo de su ídolo en ocaso.

La movida fue muy interesante porque trajeron a un técnico “moderno” como Simeone que en nombre de ese fútbol moderno quiso prescindir de su problemático pero muy talentoso creador de juego.

Ortega era la única conexión con la historia de River. Por su juego, carisma y amor a la camiseta, ese que no tiene ninguno de los que hoy se ponen la banda roja cruzada.

En el último enfrentamiento con Boca quedó una vez más en evidencia quien fue último y está en coma; y quien fue el campeón y que, por supuesto, goza de excelente salud.

Boca está hecho un pibe. River es un viejo que no se acuerda de nada y que le tienen que recordar donde queda el baño, la cocina y quienes son sus parientes.

Te han vaciado River Plate y perder un clásico más es algo muy pequeño en comparación con tus grandes problemas.