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MÉS QUE UN CLUB, UN GRAN NEGOCIO…

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En los últimos años, muchos se han maravillado con lo que generó el Barcelona de Pep Guardiola y Lionel Messi. Las bondades dentro del campo y las posturas fuera del mismo provocaron que los futboleros del mundo manifestaran una devoción sin límites por todo lo que tuviera que ver con el club catalán, desde el buen trato del balón hasta las declaraciones prolijas y el compromiso con las campañas benéficas. Una especie de lo que Beatríz Sarlo denominó como “buen tipismo” al referirse al modo de hacer política del PRO.

Més que un club se lee cada vez que el Camp Nou está vacío, dando a entender que se trata de un club distinto, que excede al fútbol y que propaga buenos valores hacia el resto de la sociedad. Pero el buen tipismo y la credibilidad global del FC Barcelona tienden a debilitarse luego de salir a la luz que el presidente Sandro Rossel pagó 95 millones de euros por Neymar y no los 57 millones que declaró oficialmente. No queda otra que pensar que Més que un club, es un gran negocio…

REPASANDO EL “REPASO”

Repaso

“Nos han dado un repaso. El árbitro no tuvo influencia. Lo tenemos casi imposible. Hay que dar la cara en la vuelta”, dijo Gerard Piqué a la TV luego de la peor goleada sufrida por Barcelona en mucho tiempo. De hecho, ni siquiera el alto defensor estaba en el club cuando los Culé perdieron por última vez por una diferencia de tres goles (1-4 ante Real Madrid el 7 de mayo del 2008 por la Liga Española).

La cita al exManchester United sirve para aplacar tanta sospecha sobre los árbitros por haber perjudicado a los de Tito Vilanova en alguna que otra ocasión. A pesar de ciertos fallos, el dominio de Bayern fue total, de principio a fin. Es más, hizo el partido perfecto, el que necesitaba para intentar eliminar al mejor equipo del mundo en los últimos cinco años.

Cuesta entender, claro está, semejante goleada sufrida por Barcelona, que no perdía por el mismo marcador desde la final de la Champions 93-94, cuando el Milan de Fabio Capello fue el verdugo en la final de Atenas. Cuesta, pero no es imposible, ya que los de Baviera salieron decididos a dar el golpe de nocaut de entrada y luego controlar las acciones. No lograron marcar en los primeros instantes del juego, pero dejaron la pauta de que, a diferencia de la final perdida increíblemente ante Chelsea el año pasado, esta vez sí iban a hacerse fuertes en el majestuoso Allianz Arena.

A los 25 minutos, apareció Thomas Müller para vencer a Victor Valdés luego de que Dante le bajara la pelota de cabeza mientras la defensa catalana, muy estática, miraba la jugada. Barcelona sintió el impacto, pero sabía que había mucho camino por recorrer. Casi ni se podía imaginar lo que vendría después… El peor síntoma era que Messi, al límite de sus posibilidades, no podía transformarse en el líder de su equipo.

La goleada alemana, similar a la que le propinaron varios de estos hombres a Argentina en el Mundial de Sudáfrica, comenzó a tomar forma con la seguidilla de tantos de Mario Gómez, otra vez con la defensa dormida; Arjen Robben, con una cortina ilegítima de Müller a Jordi Alba, y el 4 a 0 final por el intratable Müller.

Barcelona se fue del campo asumiendo que tendrá una misión imposible en el Camp Nou. Puede soñar, claro, pero solo porque se trata de fútbol.

LA ÉPOCA DORADA AÚN NO CONCLUYÓ

messi

Cuando muchos se preguntaban si la mini crisis futbolística del Barcelona y un supuesto bajón anímico de Lionel Messi eran pruebas suficientes como para afirmar que se estaba en presencia del fin de un ciclo, el equipo dirigido provisoriamente por Jordi Roura se encargó de espantar a los fantasmas y de señalarle la puerta de salida de  la Champions al Milan, equipo que había dado un gran golpe en San Siro y contagiado al Real Madrid para que eliminara al Barcelona de la Copa del Rey y lo venciera en el clásico de la Liga Española.

El mejor equipo del mundo, porque lo sigue siendo, recurrió al mejor futbolista de estos tiempos para concretar la hazaña. Había que remontar esos dos malditos goles del partido de ida y los antecedentes pesaban. En el 2010, la sinfónica de Pep Guardiola no supo cómo levantar un 3 a 1 ante el Inter de José Mourinho y en el 2012 tampoco pudo con Chelsea cuando la diferencia era sólo de un gol.

Estaban todos los condimentos para que se viviera una jornada épica en el Camp Nou: con resultado en contra y con Tito Vilanova todavía tratándose de su cáncer en Nueva York, los jugadores entendieron que era el momento de demostrar que su equipo no estaba muerto, mucho menos que era el fin de un ciclo por un par de semanas sin alegrías.

Lionel Messi, de quien se especuló que no estaba bien anímicamente, abrió la cuenta a los cinco minutos con un golazo similar al que le hizo Diego Armando Maradona a Grecia en el Mundial del 94. Lo gritó con puño cerrado y animando a sus compañeros a que todo era posible y que había que seguir en esa línea. Barcelona, como en sus mejores galas, monopolizó las acciones en el primer tiempo y empequeñeció a su rival, aunque en una contra se pudo haber complicado todo si Niang no estrellaba en el palo ese mano a mano que tuvo ante Víctor Valdés. Había una vida más y el Barcelona, mejor dicho Messi, la aprovechó, metiendo otro golazo; esta vez similar al que desniveló la final de Londres ante Manchester United. La serie ahora estaba igualada pero no liquidada, aunque estaba el alivio de saber que el Barça era capaz de cualquier cosa, era el Barça de siempre.

Milan, un equipo que bajó a la realidad, fue pura impotencia. Cualquier intento de avance en el campo era detenido por Sergio Busquets, en primera instancia, o por Javier Mascherano, si hacía falta. Mientras tanto, Lionel seguía pidiendo la pelota, encarando y recibiendo golpes rivales. Se turnaban  Ambrosini y Mexes para bajarlo, aunque el argentino nunca se achicó.

Todo era optimismo, pero faltaba ponerle el sello al pasaporte a los cuartos de final. Eso empezó a ocurrir a los 10 minutos del segundo tiempo, cuando David Villa marcó el tercero, y en el minuto final, cuando Jordi Alba estableció el 4 a 0 final.

El festejo en Camp Nou, un estadio acostumbrado a las grandes victorias, fue especial. La patria culé necesitaba una remontada épica para contrarrestar todas las amarguras provocadas por Milan y Real Madrid, y la tuvo.

Barcelona, una vez más, demostró por qué es el mejor equipo de toda una época. Lo de ayer fue un aviso de que esa época aún no concluyó.

EL MESSI DEL 86

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El miércoles por la noche, Lionel Messi fue el centro de atracción pero por algo negativo. Luego de una jugada que iba camino a transformarse en una nueva obra de arte surgida del deporte, tras una espectacular sesión de Gerard Piqué, el arquero Artur tapó dos remates en una misma ocasión de gol, pero antes, en la fricción, salió lastimada La Pulga. Se temió lo peor y muchos apresurados ya daban por hecho que era una rotura de ligamentos. Sí, desde Argentina lo anunciaban porque Twitter lo decía…

Por suerte, Messi no tenía nada y solo era un golpe, de hecho ya todos daban por hecho que iba a estar ante el Betis por la Liga Española. El mejor jugador del mundo había asustado a todos y se temió que finalmente no alcanzara el tremendo récord de 85 goles que había marcado en un solo año Gerd Müller.

Lionel, que demuestra cada semana que es un fuera de serie, que tiene una voracidad sin precedentes y que todo lo hace en función del equipo, esperó tranquilo que llegara el domingo. Luego del susto, sabía que tenía que tener más paciencia que nunca, para que la ansiedad no le pasara factura como en el duelo de Champions ante el Benfica, en que terminó jugando unos pocos minutos.

Ante el Betis, en el Benito Villamarin, Messi hizo lo de siempre y quebró un récord que tenía 40 años de vigencia. El argentino, a los 16 y a los 25 del primer tiempo, venció al arquero San Miguel del Castillo y se llevó el abrazo de todos esos compañeros que fueron testigo de otra monumental hazaña. El descuento de Castro no llegó a arruinar la fiesta.

“Es lindo por lo que significa, pero lo más importante era la victoria que nos mantiene la distancia con los demás equipos. Eso es lo importante”, dijo Messi ante la televisión.
Y agregó: “Mi objetivo es poder conseguir a nivel de equipo la Liga, la Copa y la Champions. Es mi ilusión. Ya rompí el récord para que no se hable más de él. A ver si marco algún gol más para ponérselo más difícil a mis rivales…”.

Ante la consulta sobre la próxima entrega del Balón de Oro, comentó: “Si se lo dan a Andrés será merecidamente por todo lo que viene consiguiendo y lo que demuestra cada partido. Si lo gana él también estaría bien”.

Lionel, entre el Barcelona y la Selección Argentina, consiguió derribar una marca casi imposible. Y en esa vieja comparación con Diego Maradona, hay algo que ahora los vincula y es el número 86. El Pelusa, en el 86 ganó un mundial ante Alemania. La Pulga, con sus 86 tantos, superó a un tremendo goleador alemán. Saquen sus propias conclusiones y siéntanse que han nacido en el pueblo elegido.

HABLEMOS DE FÚTBOL

Una vez más se enfrentan Barcelona y Real Madrid en el campo de juego. Una vez más se vuelven a ver las caras y a mostrar sus virtudes Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Una vez más, como ya es costumbre en el último tiempo, la lupa se saca de la mesa de luz para evaluar, incisivamente, cómo festejan sus goles los dos mejores jugadores del mundo, como si la labor del periodismo deportivo hubiese mutado hacia un formato basado en chimentos y banalidades al estilo TMZ.

Y en Twitter, red social que permite lanzar punzantes afirmaciones sin temer al ridículo o al diario del lunes, se leen alabanzas a la humildad de La Pulga y misiles contra los gestos arrogantes de Cristiano Ronaldo cada vez que estos convierten un tanto, como si eso fuera lo más importante a analizar en un partido de fútbol.

Ambos rompen redes cada tres días, pero parece que esos goles no valen lo mismo. Los dos de Messi ante Iker Casillas-tremendo el segundo, por cierto-vienen acompañados por una catarata de elogios de los argentinos que lo han readoptado en el último año, dolidos por las críticas que llegaron desde Barcelona por no saber valorar al rosarino en su justa medida. Parece que, al haber sido cuestionado el maltrato hacia el mejor jugador del mundo, en la Argentina se han decidido no solo a admirar sus goles, sino también a elogiar la forma en cómo los festeja, abrazándose con sus compañeros y haciendo honor a la bondad y a las buenas costumbres que pretende imprimir el club catalán. Por cierto, es fácil adoptar esta postura cuando en el Madrid hay personajes no aptos para una campaña de UNICEF, como Mourinho y Pepe.

A Cristiano, que en un acto poco feliz osó declararse como rico, guapo y un gran jugador, no se le perdona absolutamente nada. En cambio, se le critica todo, y por eso sus goles parecen no valer lo mismo que los de su rival en la permanente carrera por los premios individuales que entregan la FIFA y la UEFA.

Es extraño, al menos, que en Argentina se critique la forma de ser del portugués. Aquí, donde se ha alabado a deportistas no solo por sus habilidades sino también por tener ego y lengua picantes como CR7, nos hemos contagiado de una moralina importada desde Cataluña, como si eso nos representara. Aquí, donde se ha criticado una supuesta falta de sentido de pertenencia de Lionel Messi por no cantar el himno nacional, se lo ha proclamado como el más argentino entre los argentinos.

La humildad y el sentido de ubicación de Messi no es precisamente nuestra principal virtud. Sin embargo hoy, reactivamente porque el mundo nos ha tachado de ingratos, nos empeñamos en valorar sus cualidades humanas por sobre sus habilidades futbolísticas. Es extraño, perdonen la insistencia.

Ronaldo, así tal como es, con un ego inmenso y políticamente incorrecto, sería ídolo en Argentina si no existiera Lionel, la estrella que le hace de contrapeso y  figura antagónica. Es raro que en Argentina se critique al portugués. ¿Será que nos duele ser más parecidos a Cristiano que a Messi?

Para evitar situaciones ingratas frente al espejo, sería más conveniente quedarse con el análisis y el disfrute del juego y no con la interpretación de los gestos de uno y otro. Tenemos a Messi, tenemos a Cristiano. Hablemos de fútbol.

@APanfil

DESPUÉS DE MESSI, NADA MÁS QUEDA

El fin de semana pasado, los argentinos mirábamos por TV cómo México le ganaba 2 a 1 a Brasil y se quedaba con el oro olímpico por primera vez en su historia. El ego siempre nos juega una mala pasada y, como argentinos que somos, podemos decir que al Tri se le facilitaron las cosas porque no estuvo la Albiceleste para defender su bicampeonato, pero por el terreno de lo que pudo haber sido no es muy conveniente transitar. Lo cierto es que Argentina no estaba y ellos sí, ahí festejando. La derrota de Brasil apenas nos podía servir de consuelo.

El hecho es que la ausencia en Londres no encendió ninguna alarma, pasó como si nada y llegó el martes, día en que la selección sub 21 jugó-y esto es un decir-un partido amistoso con su par de Alemania que terminó 1-6. Las divisiones menores Albicelestes, las mismas que ganaron 6 mundiales en los últimos 34 años, demostraron que están en caída libre y hasta el más optimista puede reconocer que esa realidad en las bases va afectar al combinado de mayores.

Casi terminando el Argentina 3 Alemania 1, un hincha se metió en el campo de juego para saludar a Lionel y obtener treinta segundos de fama. En la mayoría de los casos, una irrupción como esta provoca fastidio, pero esta vez debemos agradecerle al intruso por haber concentrado las miradas hacia el centro del campo, para que nos demos cuenta de que después de Messi, nada más queda.

ROSARIO, BARCELONA, MESSI Y ESE NO SÉ QUÉ

Algo deben tener que ver estas dos ciudades magnificas, pero no está muy claro. Salgámonos de la rápida definición de Rosario como “La Barcelona argentina” y busquemos los por qué de esta curiosa asociación. A simple vista, no hay muchos elementos como para trazar un paralelo entre la Cuna de la Bandera y la Ciudad Condal, pero alguna razón debe haber más allá de que ambas comparten la categoría de “lugar en el mundo” para Lionel Andrés Messi.

¿Cómo es eso de que se parecen si una mira al Río Paraná y la otra al Mar Mediterráneo? ¿Qué pueden tener en común salvo cierta atmosfera de bohemia y eterna juventud? Bueno, tampoco está tan mal jugar un poco a los parecidos, si ya hubo quienes se animaron a comparar ciudades muy diferentes y no se pusieron colorados. Se sabe que San Pablo tiene delirio de Nueva York y se ha dicho hasta el hartazgo que Buenos Aires es una mezcla de Madrid y París. Es más, ¡hay quienes ven un parecido entre Mar del Plata y Biarritz! La imaginación de quienes obtuvieron su título de agente de viajes lo puede todo, claro está.

En Rosario, aunque haya marcadas diferencias estéticas con la capital catalana, hay guiños claros, como que uno de los paseos de la costanera norte, más precisamente en la playa La Florida, lleva el nombre de Rambla Catalunya o que varias esculturas cerca del Monumento a La Bandera recuerdan al Parc Güell con los típicos pedazos de vidrios y azulejos pegados en el cemento. Para más ejemplos, un local que se especializa en vinos y picadas se llama directamente “Barcelona”.

Más allá de esas marcas comunes, no parece haber otra razón para que a estas dos ciudades se las ponga como semejantes, y sin embargo hay un “no sé qué” que las vincula. De todos modos, poco importan las similitudes o diferencias. Ambas tienen lo suyo y no tienen desperdicio. Tal vez la respuesta sea más simple y pueda llegar a estar en ese spot turístico en que La Pulga sueña con Rosario desde su habitación en Barcelona.

PD: visiten Rosario, varias veces.