Archivos Mensuales: junio 2012

LA REAL DIMENSIÓN DEL FÚTBOL

Siendo 9 de junio, faltan 17 días para que se cumpla un año del descenso de River Plate a la B Nacional, lo que en la Argentina fue algo muy cercano a la tragedia. Si, se trataba del “famoso River Plate” que canta la tribuna, que tanto fútbol desplegó a lo largo de su rica historia y que, como consecuencia de ello, obtuvo una gran cantidad de títulos.

El recuerdo del descenso no es caprichoso, ya que la parcialidad Millonaria, la pensante y la no pensante, no se tomó como algo meramente deportivo la pérdida de la categoría. Para muchos hinchas de La Banda, el descenso fue perderlo todo, fue sentir que no había humillación más grande y que no habría nada que pudiera curar tanto dolor. Claro, el lunes 27 de junio había que encarar el lugar de estudio, el trabajo o simplemente la calle, y aguantarse la que venga, es decir, que los hinchas de los otros equipos, especialmente los de Boca, se hicieran una panzada de cargadas y gozaran a más no poder con la “desgracia” de su clásico rival.

Que se haya vivido como una tragedia el descenso de River fue un ejemplo más de que en la Argentina no se le da al fútbol una dimensión real. Es siempre exagerada y, por eso, ocurre lo que ocurre. Luego de poner el Monumental patas para arriba y provocar los desmanes que, a priori, se sabía que iban a ocurrir, no muchos cayeron en la cuenta de que no se trataba de una tragedia. Una vez más, la masa compró los grandes titulares y cayó en la trampa psicológica y en el oportunismo de las cámaras de televisión.

Hoy, a casi un año del “trágico” descenso de River, caminaba por la Avenida Santa Fe y, al pasar por un kiosco, vi una tapa de revista que me hizo soltar una expresión instantánea. “¡Qué payaso!”, fue lo primero que me salió mientras apuraba el paso, para olvidármela rápidamente, pero no pude.

No pude olvidarme de esa portada porque empecé a pensar en lo mucho que le cuesta al hincha argentino desdramatizar el fútbol, teniendo sobradas pruebas de que, detrás de su pasión, hay un negocio asqueroso que sigue su curso y que los jugadores no son propios ni ajenos, son tipos que, cuando llegan a primera división, tienen un trabajo divertido que les permite ganar mucho dinero.

Es solamente fútbol y es, básicamente, una industria. La obligación no es que el equipo gane, es ultra necesario desayunarse de que la camiseta, con los colores que amamos desde chicos, se ha transformado en un cartel publicitario y que esos individuos que llegan un poco más tarde al estadio, para que se note su presencia estelar, son delincuentes que interactúan con delincuentes. No les cabe otro rótulo.

El de la tapa es Maxi López, que está de vacaciones con su mujer en algún lugar con dunas y camellos luego de un semestre en el que si jugó cinco minutos en el Milan es mucho. López, a quién llamé “payaso” instantáneamente, aunque no tenga él la culpa de que el fútbol sea hoy lo que es, fue una de las tantas ventas de River bajo la presidencia nefasta de José María Aguilar. El rubio que tuvo su día consagratorio en un clásico ante Boca sin hacer un gol-fue 1 a 0 con gol de Fernando Cavenaghi, de cabeza-fue vendido al Barcelona por una cifra cercana a los 7 millones de euros. Obviamente, ningún hincha se quedó con un mínimo porcentaje de esa transferencia. Sólo Aguilar, Israel y el tesorero de esa gestión saben a dónde fue a parar lo que pagó el club catalán y los otros casi 100 millones de dólares por las ventas de Mascherano, Demichelis, D’Alessandro, Aimar, Carrizo, Saviola y el nombrado Cavenaghi.

La historia posterior es conocida: Maxi casi ni jugó en el Barcelona, se perdió en el FC Moscú, de Rusia, y fue rescatado por el Gremio de Porto Alegre, donde hizo un puñado de goles y se hizo lo suficientemente importante como para volver a Europa, al Catania, club en el que jugaban diez argentinos y un uruguayo. Que esto no parezca un palo para Maxi, ya que su trabajo lo hace bien: sus 11 goles en 17 partidos ayudaron al equipo del sur a salvarse del descenso.

Los argentinos tienen dos formas muy diferentes de ver el fútbol y no hace falta ser un genio para darse cuenta de que Maxi lo ve de una manera y el hincha de otra. A Maxi, que seguramente se habrá besado el escudo de River en alguna que otra oportunidad, no se le ocurriría jamás destruir e incendiar las butacas del Monumental por un mal resultado, pero al hincha sí, de hecho lo hizo.

Ya, en la calle y en la tribuna, hay nervios por la gran incertidumbre acerca de si River, humillado como nunca desde hace un año a esta parte, volverá o no a primera división. El vox populi habla de “obligación”.

El bueno de Maxi López no fue fotografiado de forma casual por un mochilero que andaba dando vueltas por el desierto. La payasesca sesión de fotos fue programada, y bien cobrada, con antelación.

Mientras tanto, hay hinchas preguntándose si los jugadores sienten o no la camiseta.

@APanfil

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